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“Algún día saldré de esto, tengo fe”

Escrito por Fundacion Eguzkilore en Fundación Eguzkilore con Sin comentarios

DEIA se reencuentra con Javier, cuya historia protagonizó estas páginas hace dos años.

Un centenar de personas sin hogar vive las fiestas a su manera en Bilbao.

Los comedores ofrecieron 302 cenas en Nochebuena y 286 comidas en Navidad.

BILBAO – Javier Alonso lleva siete años viviendo a la intemperie en las calles de Bilbao. Desgraciadamente, forma parte del paisaje urbano que ha dejado la crisis. Como él hay más de un centenar de personas. Y, llegadas estas fechas, unos optan por seguir sumidos en la soledad y otros por acercarse hasta alguno de los comedores sociales que ofrece el Ayuntamiento. Este es el caso de las 302 personas que cenaron el día de Nochebuena en uno de ellos gracias al trabajo desinteresado de un batallón de voluntarios. Al día siguiente, los albergues y comedores de la villa volvieron a acoger en sus mesas a otras 286 personas.

Y es que estas fiestas ponen de manifiesto, más si cabe que el día a día, una cruda realidad: la de aquellos que peor lo están pasando. Según el censo elaborado por el Ayuntamiento de Bilbao, las calles de la villa acogen a 132 personas que carecen de techo donde cobijarse. Con el cielo como tejado, y el asfalto como hogar, viven en las calles de Bilbao, donde piden algunas monedas para sobrevivir. Sin embargo, la calle también hace estragos en ellos. Es el caso de Javier Alonso Ugarte, un bilbaino de 52 años que lleva siete en la calle Gran Vía soportando los duros inviernos y esperando, con ilusión, poder trabajar “lo antes posible” para cerrar este capítulo de su vida y que todo quede en “una pesadilla”. Siete años que también han hecho mella en él, aunque aún intenta sonreír a la vida sin perder la fe.

DEIA contó su historia hace dos años y ahora vuelve a reunirse con él para saber cómo le han ido las cosas en este tiempo. “Han pasado muchas cosas, diría que ha empeorado todo, pero todavía tengo esperanza”. Estas son sus primeras palabras. En su cara queda reflejado el dolor y el cansancio de tantos años sin la protección de un hogar y una familia que vele por él. Apenas sonríe y sus palabras solo le llevan al pasado. “Me quedé sin trabajo y mi novia me dejó”, dice. Con frases entrecortadas y sin mucho ánimo de hablar, Javier Alonso asegura que “es muy duro verte en la calle de la noche a la mañana”. Detrás de un cartel en el que se lee la palabra “fe”, aguarda la ayuda de todos los paseantes que, con su generosidad, hacen posible su día a día. Prácticamente forma parte del paisaje de la Gran Vía, al lado del BBVA. Siempre está allí; mañana y tarde, de lunes a domingo.

“Llevaba muchos años en una empresa pero las cosas empezaron a torcerse. De la noche a la mañana, quebró y me quedé sin dinero”, recuerda con indignación, a pesar de su esfuerzo por olvidar el pasado y poder pasar página. “Ahí comenzó mi calvario. Tuve que comprarle una casa a mi madre y mi novia me dejó”.

Ahora quien vive en la calle es él. Su madre vive cerca, a unos metros de donde su hijo pide ayuda. Pero él no piensa en volver a su casa familiar. “Se volvió a casar y yo ya estorbaba”, relata.

“Estos dos años no han sido fáciles, ¿sabes? Ya estoy más cansado, no voy a los albergues, intento buscarme yo la vida para poder comer, ya nada es como antes”, repite constantemente. david_15033_11

Su rostro es el reflejo de sus palabras, de su deterioro, ya no sonríe como lo hacía dos años atrás, pero, pese a las duras condiciones de la vida, él sigue luchando día tras día. “Algún día saldré de esto”, dice. “Tengo fe”, repite una y otra vez.

El caso de Javier Alonso no es aislado. Basta con dar una vuelta por los alrededores de Bilbao para comprobar que tras carteles donde se pide ayuda se esconden distintas caras, diferentes nombres y apellidos que comparten unas historias similares, caprichosas del destino. Tienen un pasado diferente, pero un presente común.

Nuevas historias A esta lista de personas sin techo se unen cada día nuevos casos. Mikel y Ainhoa, que se esconden bajo estos nombres ficticios, también duermen y viven en la calle. Su ubicación actual es Astarloa, aunque intentan cambiar de sitio para “no abusar de la generosidad de la gente”, tal y como ellos mismos dicen.

No tienen trabajo, ni casa… tampoco dinero. Pero eso no es lo peor. Hablan de ello con resignación, aunque Ainhoa no puede evitar romper a llorar. “Lo peor de todo es que no tenga en estas fechas a mis dos hijos pequeños”, confiesa.

Este capítulo comenzó hace año y medio cuando Mikel, que ha trabajado de peón, en la construcción, en empresas de seguridad… se quedó sin trabajo. “Mi jefe me echó de la empresa y no conseguí colocarme en ningún otro lugar”, recuerda.

Fueron momentos difíciles, no podían pagar las facturas y la angustia aumentaba día tras día. Al final, se vieron en la calle. Sus dos hijos fueron acogidos por su abuela materna, que vive en Andalucía. “Que una madre pase las navidades sin sus hijos es lo peor que le puede ocurrir”, dice Ainhoa, que no puede parar de llorar. Su marido intenta consolarla, le asegura que saldrán de esa situación que tanto les atormenta, que podrán volver a Andalucía para recogerlos y que volverán a construir una familia feliz.

“Mi madre está criando a nuestros hijos, pero su situación tampoco es buena, no puede alimentarnos a todos”, explica Ainhoa. Por eso, su única ilusión es encontrar un trabajo para volver a ahorrar dinero. Pero estar en la calle es duro. “Lo único que queremos es olvidar. Mirar hacia delante”, relata Mikel, mientras sujeta fuertemente un te rojo para calentarse las manos. Bebe un sorbo y se lo pasa a Ainhoa, que repite los movimientos. “Es muy duro estar aquí, intentamos no hablar de lo que nos pasa para que no nos afecte. Antes íbamos a comedores sociales y albergues, pero después de tanto tiempo, ya no vamos, no recibimos ayudas”, dice Ainhoa con unas lágrimas que intenta ocultar con sus manos. Se avergüenza de la situación que están viviendo. “Nunca te imaginas algo así, pero es lamentable ver a nuestro alrededor y ver que cada vez hay más gente que vive nuestra situación. A nosotros nos han venido a decir: Te cambio tu esquina por el suelo de un banco donde os protegéis mejor del frío”, dice Ainhoa. “Pero esta es nuestra casa actual y aquí es donde vamos a pasar las navidades y Año Nuevo, que espero nos traiga suerte”.

Los ojos de Ainhoa se iluminan al terminar la frase. Vacila un poco, y vuelve a hablar: “Un hombre que nos ve aquí nos ha dicho que va a intentar colocar a mi marido en seguridad”. No termina la frase cuando Mikel le interrumpe mientras tiene un gesto cariñoso hacia ella. “Hasta que tengamos todo seguro, lo mejor es no ilusionarse”, le dice. No es la primera vez que les ofrecen trabajo. Pero ya ha pasado un año y medio y las cosas para ellos no mejoran.

Primera Navidad en la calle En la Gran Vía, cerca de El Corte Inglés, un hombre de 57 años pasa su primera Navidad en la calle. Su currículum vitae es amplio. Trabajó desde joven en la seguridad de distintos países. También desempeñó distintas funciones en la construcción. Pero la suerte le jugó una mala pasada. Hace un año, se vio incapaz de seguir pagando su vivienda y la calle fue su último recurso. Este hombre, que prefiere no revelar su nombre “por vergüenza” a ser reconocido, habla de su historia y no puede evitar emocionarse, al igual que sus vecinos. “Nunca me hubiera imaginado algo así”. Vive con su perro. Y a las noches ambos se protegen en una lonja que un viandante les ofreció. “Por lo menos puedo protegerme del frío”.

Ilusionado, y con esperanza, confiesa que al próximo 2015 le ha pedido trabajo. Cuenta también que un amigo suyo se ha enterado de su situación y que intentará colocarle en su empresa como agente de seguridad. Y mientras detalla en qué consistiría su trabajo, en sus ojos se refleja la ilusión pero también el miedo. “Sería la mejor noticia de mi vida. Si me consigue el trabajo el primer sueldo se lo regalo”, dice finalmente llorando, mientras acaricia a su perro.gran-via-deia_13189_11

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